viernes, 31 de octubre de 2008

El Charco Verde


Cuando yo era niño y escuchaba el nombre de Charco Verde, inmediatamente lo relacionaba con un lugar donde encerraban a los que se portaban mal, y efectivamente era una cárcel preventiva, por alguna razón la conocí y era una construcción que ocupaba casi media manzana y hacía esquina en el crucero de la calle de Reforma y la de Hidalgo, ahí se encontraban los oficinas de la policía de tránsito que así se llamaba y dependía del gobierno del estado, la policía judicial (ahora ministerial) que tenía algunas celdas asquerosas y por el lado de la calle Hidalgo estaba la policía preventiva municipal que tenía celdas mas amplias que la judicial.
Ahí se suscitaron hechos que ya platicaré en otra ocasión, por lo pronto me ajustaré a contarles el por que de tan singular nombre que por lo mismo se comenzó a utilizar con fines comerciales como las famosísimas “Tortas del Charco Verde” que se elaboraban y vendían junto a la tienda o almacenes “La Ciudad de México” en la esquina de las calles Obregón e Hidalgo, a finales de la década de los sesentas del siglo XX.
Pues resulta que la calle de Reforma antes de ser calle era la famosa “Coriente”, un canal fabricado pluvial, fabricado desde mediados del siglo XVII por don Bernardo Iñiguez del Bayo, para recoger las aguas de lluvia y evitar que la ciudad se inundara, y resulta que desde siempre, en ese lugar que ahora hace cruce con la calle Hidalgo, se formaba un charco al lado norte de la Corriente y el fondo se enlamaba a tal grado que hacía parecer que el agua fuera verde y desde entonces hasta la fecha ese lugar se sigue conociendo con el nombre de “Charco Verde”

jueves, 30 de octubre de 2008

Una anécdota alburera

Hace unos minutos estuve platicando con el Dr. en Historia y Dr. en Finastranzas, que diga en Finanzas, Javier Pérez Siller, amigo mío desde nace mas de 40 años y con el que desde siempre platicar de proyectos y ahora de historia y su apasionante trabajo es como un suspiro, porque nos falta tiempo para platicar mas; me contó una curiosa anécdota que salió a colación de una entrevista que hizo a un Sr. Derbés, potosino, hijo de emigrantes franceses.
Pues resulta que se reunió la comunidad francesa potosina, en el Hotel Nicú, que aparece en la fotografía de arriba, cuya construcción fue demolida junto con toda la manzana en la década de los sesentas, para ampliar la plaza de los fundadores.
El motivo de la reunión “gala “ fue para dar la bienvenida a otro emigrante francés, el Sr. Coulón (que de origen se pronuncia Culón) la reunión fue de lo mas grata para todos los franceses, entre recuerdos promesas, parabienes y buenos augurios; cuando terminó la reunión el Sr. Coulón se retiraba, y comenzó a buscar algo, cuando le preguntaron si todo estaba bien dijo que no encontraba su paraguas entonces el Sr. Derbés llamó a una de las camareras y preguntó con voz clara y fuerte —Donde está el paraguas del Sr. Culón?— la camarera contestó de inmediato —Ah, el paraguas del Sr. Culón la Señora Nicu-lo-tiene—, la concurrencia soltó una espontánea carcajada, le explicaron al Sr. Coulón la gracia que les hizo la frase pronunciada prácticamente sin pausas entre una palabra y la otra, de tal suerte que a partir de ese momento el Sr. Coulón hizo que su apellido se pronunciara tal cual se lee en español.

miércoles, 29 de octubre de 2008

El Jarro de “Juan del Jarro”


Francisco Vildósola pintó el único cuadro que existe de Juan del Jarro, sin embargo he sostenido que es un cuadro simbólico en el que vildósola representa la pobreza de Juan en su atuendo desarrapado, el sombrero de palma de copa alta habría de representar quizás la ascendencia moral a su pueblo, la casaca militar su género luchador y guerrero por las causas justas, el jarro en el morral el sustento que llevaba siempre a los mas necesitados.
Esto no quiere decir que vistiera desarrapado ni que cargara siempre el jarro metido en el morral y aquí contradigo a Montejano que al respecto señala
—… vestía, encima de la piel desnuda, una raída casaca desabrochada, con el ombligo siempre al sol, el pantalón sempiternamente arremangado y mal fajado y el afamado jarro que le dio nombre, dentro de un morral en bandolera”.
Y hace referencia de que los díceres que se han ido agregando señalaban unos que era para llevar ahí los alimentos que recolectaba para los pobres y otros que lo utilizaba para orinar en él, sin embargo en una hoja volante que imprimió el Sr Dávalos en su taller, con motivo del fallecimiento de Juan del Jarro en Noviembre de 1859, menciona:
—….. Ignoramos el origen de ese sobrenombre ridículo sancionado ya por el público, bajo el cual era conocido.—
Lo cual quiere decir que es falso de toda falsedad que Juan del Jarro se la pasara cargando un jarro adentro de un morral, con todo y eso otro agregado mas que se ha hecho a su leyenda dice que el jarro fue fabricado con lodo y los huesos molidos de un brujo indio y que del jarro salían voces que solo escuchaba Juan, sólo falta alguien diciendo que el jarro era mágico o como una caja de Pandora de donde Juan sacaba todo cuanto le pedían. Está bien que una leyenda esté plagada de fantasías, pero de eso a fabricar mentiras para hacerla mas fantasiosa…..

martes, 28 de octubre de 2008

El Sombrero de Juan del Jarro

Durante el tiempo de Juan del Jarro (1830-1859) lo mas común, (digamos normal) era que toda la gente usara la cabeza tapada, los hombres con sombrero y las mujeres con reboso, chal, chalina o velo, según el estatus social, al igual que los hombres, desde el sombrero de palma hasta de los mas finos fieltros de lana o pelo de algún exótico animal, así que Juan del Jarro no era la excepción, pero existe una grave confusión al mencionar que el sombrero usado por Juan del jarro era una chistera o sombrero de copa, como los que usaba don Porfirio cuando vestía de frac y dicen que así lo menciona Montejano y Aguiñaga ….. Ojo, mucho ojo…. Aguiñaga simplemente menciona:
—“Calaba un abollado sombrero alto”… —
Efectivamente era sombrero alto pero no una chistera, era un sombrero de palma que se usó aquí en San Luis desde la mitad del siglo XIX hasta finales de este, como se puede apreciar en las fotos que agrego hoy y corresponden a la Caja de Agua, en la primera que debe ser la mas antigua pues se aprecia en el ángulo inferior izquierdo a un indio semidesnudo cargando algo y el fondo junto a la pilastra o refuerzo mas visible de la Caja a un hombre con un sombrero de copa alta y ala corta y en la siguiente en el ángulo inferior derecho de la fotografía se puede ver en primer plano a un hombre con un sombrero igualmente de ala corta y copa alta, al igual que otro un poco mas atrás, así pues si Ud. Apreciable lector se toma un segundo y ve la foto de abajo, verá que el sombrero de Juan del Jarro no era una Chistera o “Sombrero de Copa”.
Una vez aclarado este punto con lo que espero sacar de su error prometo que en otra ocasión les platicaré del mentado jarro de Juan.

lunes, 27 de octubre de 2008

Juan del Jarro


Este es un personaje mítico del siglo XIX en San Luis Potosí, México. Apareció por las cales del viejo San Luis a poco de haberse consumado la Independencia y después del derrocamiento del emperador Agustín de Iturbide, entre 1826 y 1830; nada se sabe a ciencia cierta de su origen y todo o casi todo en él se desprende de la leyenda que se ha contado de generación en generación, algunos agregan a la tradición oral, quien sabe con que intención, cosas verdaderamente inverosímiles, sin embargo se sabe y eso nadie puede negarlo, que se dedicaba a proteger a los mas pobres entre los pobres, a aquellos que no tenían incluso la facultad de conseguir su sustento.
Juan del Jarro era pobre, por ello pedía a los que tenían para llevarlo a los que no y así, desde muy temprano recorría mercados y calles solicitando un “jarro” de algo para sus pobres, tal vez sea esta la razón por la que se le apodó “del Jarro” como apellido y no como muchos piensan por un supuesto jarro que cargaba dentro de un morral, como se aprecia en la pintura que hizo en su tiempo Francisco Vildósola, pintura que mas bien, yo considero, está llena de simbolismos pero que muchos han tomado como real al grado tal de basarse en ella para describirlo, confundiéndose muchas veces en su descripción como Montejano y Aguiñaga que dice “No era ni alto ni chaparro, la color, morena, chata la nariz, lacio el pelo, de oscuros ojos siempre derramando bondad, al igual que la amplia boca, encorvada la amplia espalda. Calaba un abollado sombrero alto, vestía, encima de la piel desnuda, una raída casaca desabrochada, con el ombligo siempre al sol, el pantalón sempiternamente arremangado y mal fajado y el afamado jarro que le dio nombre, den-tro de un morral en bandolera”.
Difícilmente se puede creer que durante mas de treinta años Juan usara la misma ropa, considerando que es poco probable que se ocupara del cuidado y aseo de sus ropas, además de que seguramente recibiera dádivas de ropa y su pelo era (según otras investigaciones) cortado a rape o mejor aún rasurado para evitar, seguramente, que se le acumularan bichos.
Lo que es cierto que fue en su tiempo una persona altamente apreciada y respetada en todos los circulos sociales del San Luis del siglo XIX.
En mi Libro Leyendas de San Luis Potosí pueden conocer esta leyenda que considero es hasta ahora la versión mejor documentada.

viernes, 24 de octubre de 2008

Bertha la Loca


Tan sólo escuchar su nombre me hace recordarla parada en la esquina de Pascual M. Hernández con Xicotencatl, abundantemente abrigada con varios juegos de ropa que usaba una sobre la otra rematando con un grueso abrigo de lana que había visto mejores tiempos, sosteniendo con su brazo izquierdo un gran tambache de trapos y en la mano derecha que lucía un anillo de oro con una piedra roja, tal vez rubí, una colilla de cigarro, de la marca que fuera y que recogía del suelo, con la cabeza cubierta dejando ver algunos mechones entrecanos que en otro tiempo debieron ser de algún castaños de tono claro, tez blanca surcada de arrugas, cuello delgado y elegante, gesto severo, mirada extraña que parecía verlo todo y a la vez nada, cuando hablaba dejaba ver la ausencia de varias piezas dentales. Así la veo en mis recuerdos parada en esa esquina envuelta en un monólogo, lanzando severas filípicas a los yanquis, usando un español muy castizo con palabritas y palabrotas de todos tamaños y colores. Sufría un aparente delirio de persecución, no permitía que nadie la tocara y si alguien pasaba junto a ella, demasiado cerca, se hacía acreedora de un fuerte manazo.
Bertha era muy selectiva socialmente hablando, no pedía limosna, quizás un cigarrillo y no a cualquiera, pero si alguien le regalaba algo lo tomaba aunque poco lo agradecía, una de las pocas personas a las que acostumbraba visitar era a la Sra. Salas, en la calle de Abasolo y sus hijas recuerdan las largas pláticas que con paciencia atendía su madre con Bertha, de los momentos de lucidez cuando trocaba su rostro desquiciado por uno amable y la mirada perdida por una de añoranza como queriendo ver imágenes del pasado, y contaba que de niña se bañaba en el sena, el río Sena y que conocía el palacio de Versalles, y hacía una precisa y puntual descripción de todo él. La sra. Salas le regalaba algo de ropa para que cambiara sus harapos y en la siguiente visita Bertha lucía la ropa regalada, encima de los harapos.
Bertha vivía en una vecindad que se encontraba en la calle de Fuero, a dos cuadras de la Calzada de Gpe, cuentan que en las noches, muchas veces le daba por cantar o echar al aire sus acostumbrados discursos incoherentes y plagados de improperios y eso si, tenía una voz muy sonora, que muchas veces no dejaba dormir a los demás inquilinos de la vecindad y optaban por cambiar de domicilio a otra vecindad a Bertha no podían correrla de la vecindad, dicen los que saben o creen que saben, por la simple y sencilla razón de que era la dueña.
Un día atropellaron a Bertha en la calle de Morelos, a escasa media cuadra del mercado tangamanga que antes conocíamos como de la merced, nadie sabe que daños le produjo el golpe que recibió, pero ella no se podía levantar, llegó la ambulancia pero armó tremendo pancho que no pudieron llevarla a ningún servicio médico, no permitía que la tocaran y lanzó manazos y mordidas, lo mas que lograron fue colocarla en la banqueta y pensando tal vez que por la energía con que respondió al auxilio, no tendría nada grave, y ahí permaneció dos días y finalmente murió.
La genial acuarelista Laura Leticia (www.lauraleticia.com) realizó una acuarela de ella, retratándola con todo precisión, es el único documento que puede existir de ella, lo demás, son recuerdos que se convierten en leyenda que se va perdiendo en el tiempo.