viernes, 19 de junio de 2009

Don Amador Jiménez

Su nombre tal vez no signifique nada para Ud. Pero los que lo conocimos jamás podremos olvidarlo.
Amador Jiménez fue el autodidacta práctico mas singular que he conocido, una tía suya le enseñó a leer y a escribir, y la primera vez que pisó una aula fue como maestro universitario, sí, fue uno de los maestros fundadores de la Escuela de Agronomía de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, su materia era la de Maquinaria Agrícola, materia en la que fue experto por tantos y tantos años aplicados como mecánico y vendedor de los equipos que distribuía la famosísima ferretería Deuts Hermanos.
En su primera clase lanzaba una pregunta que se hizo tradición entre las primeras generaciones de agrónomos y con esa voz potente, grabe y clara que asemejaba a un trueno dirigía el cuestionamiento en lo general: ¿Cuál es el tornillo de cualquier equipo al que hay que prestarle mayor atención?, sus alumnos opinaban haciendo gala de su conocimiento práctico, unos que el sinfín otros que el del cabezal otros que el de la dirección y así recorrían cuanto tornillo tenían memoria o imaginación de que pudiera existir y cuando nadie acertaba don Amador concluía : —El tornillo al que hay que prestarle mayor atención es el tornillo que se encuentre flojo—
En una ocasión un Ingeniero intentaba arrancar un árbol seco, amarrando una fuerte cadena a la parte baja del tronco y tirando con un potente tractor y pidió su opinión a don Amador y este solo de ver el equipo le dijo —esa cadena no va a aguantar, se va a reventar en el primer tirón—. El Ingeniero que además contaba con varios postgrados le mostró sus cálculos matemáticos, donde consideraba la resistencia de materiales el caballaje del tractor, el tipo de terreno y hasta la velocidad del aire. Y don Amador insistió:
—Ingeniero, usted sabe que yo de esas ecuaciones no entiendo nada, lo único que sé es que esa cadena no va soportar el jalón—
El ingeniero seguro de sus conocimientos técnicos y teóricos procedió a la operación de arrancar de raíz el árbol seco, él mismo montó en el tractor, tras encadenar el árbol al tractor, fue tirando suavemente y cuando la cadena estaba tensa imprimió potencia al motor y como si fuera un cordel podrido, la cadena se rompió en dos partes ante el asombro e incredulidad del Ingeniero.
Don Amador se había retirado del lugar antes de que se comenzara la maniobra, no quería ser objeto de la posible humillación que sentiría el erudito ingeniero.
Don Amador conocía de víboras mejor que nadie, era inmune al veneno de estas, después de haber sido mordido por una coralillo que casi le mata a no ser por la intervención de un médico japonés, fue mordido después por una masacuata, conocida también como pichicuata o cuatro narices y el daño fue menor, cuando descubrió que el veneno de serpiente no le hacía mas daño, las utilizó como mascota protectora, cargando siempre con algunas en su auto durante sus largas jornadas cuando trabajó para Deuts Hermanos.
Don Amador Jiménez tenía el curioso don de la radiestesia, esa extraña cualidad que algunos tienen para localizar metales o agua, en este caso don Amador podía localizar agua en el subsuelo y calculaba además la cantidad y profundidad a que se encontraba.
No fueron pocos los alumnos que ya como Ingenieros Agrónomos solicitaban sus servicios para la localización de lugares donde se pudieran perforar posos o construir norias.
En mi barrio, San Miguelito, lo recordamos como el señor siempre amable y atento de la voz potente que usaba siempre un saracof como sombrero.
El auditorio de la Escuela de Agronomía tiene, merecidamente, su nombre: Amador Jiménez.